Durante largo tiempo, en debates y discusiones públicas, cuando se intenta deslegitimar la identidad palestina, se afirma que los palestinos serían en realidad jordanos, egipcios, sirios, libaneses o saudíes, y que, por tanto, deberían “volver” a esos países. Pero ¿qué fundamento histórico tiene esa afirmación?
Con frecuencia se trata de argumentos repetidos sin un análisis historiográfico serio. La cuestión requiere, sin embargo, una contextualización histórica rigurosa.
En primer lugar, los palestinos pueden ser considerados parte de los pueblos levantinos, término aplicado a los habitantes de una región histórica que abarca territorios actualmente situados en Siria, Líbano, Jordania e Israel-Palestina, e incluso áreas de la península del Sinaí. El Levante ha sido, durante milenios, un espacio de interacción cultural, comercial y demográfica continua.
Es fundamental comprender que las identidades nacionales modernas de jordanos, sirios, libaneses o saudíes son construcciones políticas del siglo XX. Hasta 1917, la región formó parte del Imperio Otomano durante aproximadamente cuatro siglos. En ese periodo no existían estados nacionales en el sentido contemporáneo, sino provincias administrativas (vilayatos y sanjacados) dentro de una estructura imperial. Las identidades predominantes eran locales, religiosas o imperiales (súbdito otomano), no nacionales en el sentido moderno.
Tras la Primera Guerra Mundial y la disolución del Imperio Otomano, el sistema de mandatos aprobado por la Sociedad de Naciones reorganizó la región. Palestina quedó bajo Mandato Británico (1920–1948) como una unidad administrativa diferenciada. Transjordania fue separada administrativamente en 1921 y más tarde se convertiría en el Reino de Jordania; Arabia Saudí se consolidó como estado en 1932; Siria y Líbano alcanzaron su independencia en la década de 1940 tras el mandato francés. Aplicar retrospectivamente estas categorías nacionales a periodos anteriores constituye un anacronismo historiográfico.
Desde el punto de vista demográfico, los registros otomanos del siglo XIX y los censos británicos de 1922 y 1931 muestran una población mayoritariamente árabe — musulmana y cristiana — junto con comunidades judías históricas, especialmente en Jerusalén, Hebrón, Safed y Tiberíades. Estos datos reflejan continuidad poblacional, aunque, como en cualquier región del Mediterráneo oriental, existieran movimientos migratorios a lo largo de los siglos.
En época bizantina, la región era religiosamente diversa, con presencia de cristianos, judíos y samaritanos. En términos culturales y lingüísticos coexistían poblaciones de lengua aramea, griega y árabe, entre otras. La conquista islámica del siglo VII introdujo nuevas élites políticas, pero la investigación histórica sostiene que el proceso fue, en gran medida, de arabización lingüística e islamización progresiva de poblaciones preexistentes, más que de sustitución demográfica masiva. Es decir, amplios sectores de la población adoptaron el árabe como lengua y, en parte, el islam como religión a lo largo de generaciones.
En palabras del historiador Bernard Lewis: “los habitantes originales nunca fueron totalmente borrados, pero con el paso del tiempo fueron judaizados, cristianizados e islamizados sucesivamente. Su lenguaje se transformó en hebreo, luego en arameo, luego en árabe”. Esta observación apunta a procesos de transformación cultural acumulativa más que a rupturas poblacionales absolutas.
La identidad palestina moderna se desarrolla entre finales del periodo otomano y la etapa del Mandato Británico, en paralelo al surgimiento de otros nacionalismos en la región. Como señala Rashid Khalidi, la identidad palestina no surge de manera repentina en 1948, sino que se configura progresivamente en interacción con el nacionalismo árabe y el movimiento sionista durante las últimas décadas del periodo otomano y el Mandato.
Es cierto que numerosos palestinos nacieron en Jordania, Egipto, Siria o Líbano, especialmente tras los desplazamientos derivados de la guerra árabe-israelí de 1948 y los conflictos posteriores. Sin embargo, el lugar de nacimiento no determina por sí mismo el origen histórico ni la identidad familiar. Un ejemplo frecuentemente citado es el de Yasser Arafat, nacido en El Cairo, cuyos padres eran originarios de Palestina y cuya trayectoria política estuvo vinculada de manera inequívoca a la cuestión palestina.
Por último, la afinidad cultural entre las poblaciones del Levante — en gastronomía, música, vestimenta o tradiciones — refleja la larga interconexión histórica de la región, no una prueba de extranjería. Las fronteras estatales actuales son relativamente recientes en términos históricos y fragmentaron un espacio que durante siglos estuvo integrado económica y culturalmente.
Desde una perspectiva académica, sostener que los palestinos serían simplemente “extranjeros” procedentes de estados vecinos carece de base historiográfica sólida. La población palestina contemporánea es el resultado de procesos históricos complejos y de larga duración en la región, caracterizados por continuidad, transformación cultural e interacción constante con su entorno levantino.
Referencias bibliográficas
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Rashid Khalidi. Palestinian Identity: The Construction of Modern National Consciousness. Columbia University Press, 1997.
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Justin McCarthy. The Population of Palestine: Population History and Statistics of the Late Ottoman Period and the Mandate. Columbia University Press, 1990.
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Benny Morris. The Birth of the Palestinian Refugee Problem Revisited. Cambridge University Press, 2004.
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Ilan Pappé. A History of Modern Palestine: One Land, Two Peoples. Cambridge University Press, 2006.
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Avi Shlaim. The Iron Wall: Israel and the Arab World. Penguin Books, 2000.
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Bernard Lewis. The Arabs in History. Oxford University Press, 1950.
