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martes, 5 de agosto de 2014

La wilaya



Prólogo

        La “renuncia al tasawwuf” como se describe en esta página web a la actitud tomada por muchos musulmanes desde los inicios de la colonización europea hasta nuestros días, es una señal y una bandera de muchos movimientos y personalidades musulmanas.

         Ven en el tasawwuf un signo de atraso, de superstición, de estar anclados en el pasado, una de las causas de la decadencia islámica.

         El tasawwuf, ciencia y arte que busca profundizar en los enunciados del Corán y la Sunna, mediante la práctica intensa del Islam, bajo la influencia de grandes maestros que formando “cadenas” (silsila) llegan hasta Rasûlullah () es el gran desconocido de nuestros tiempos incluso para muchos musulmanes.

         La estigmatización de que son víctima los grandes awliyâ (Sidi Abdelqader al-Yilani, Sidi Abu l-Hassan ash-Shâdili, Sidi ad-Darqawi, Sidi Ahmad Bamba, Sidi Moinuddín Chishti, etc.) y las prácticas de los musulmanes que los honran en sus tumbas, merece ser contestada con argumentos del Corán y la Sunna y comentarios de los ‘ulamá.

         Porque ir a recogerse o a hacer du’â en una tumba ha sido una práctica de los musulmanes de todos los tiempos, aunque en los últimos dos siglos haya sido desprestigiada y tildada de shirk y bid’a.
         ¿Cuál es el fundamento del amor de los musulmanes por los awliyâ? ¿Qué es la wilaya? ¿Cuál es el origen de los máusim y su práctica correcta?
         Todas estas preguntas serán contestadas en este texto breve.


-o0o-


Un walí es un musulmán que debido a su apertura y cercanía a Allah, a su intimidad con él, tiene una posición especial. Este grado se da normalmente a un musulmán debido a su seguimiento estricto de la Shari’a, del camino del Islam y por su sinceridad e ‘ibada. Algunas veces la wilaya (cualidad del walí) se concede a una persona desde su nacimiento.
De entre los awliyâ (pl. de walí) de la Nación de Muhammad, los más elevados son los cuatro Julafá Rashidun, Sidnâ Abu Bakr, Sidnâ ‘Omar, Sidnâ Uzmán, Sidnâ ‘Ali (r.a.) y después todos los sahaba al-kiram. Los sahaba son también awliyâ.
La fuente de bâraka para los awliyâ después de los sahaba es Sidnâ ‘Ali (r.a.). En otras palabras, todos los awliyâ tienen la bendición de la wilaya mediante ‘Ali ibn Abi Taleb (r.a.). 
De los awliyâ de todas las ummas, los superiores son los awliyâ de la Umma de Rasûlullah ().
En todas las épocas ha habido awliyâ, y necesariamente tiene que haber, aunque reconocerlos puede ser una tarea difícil.
Hay muchas escuelas de transmisión del tasawwuf, que tienen unas cadenas de transmisión de conocimientos (silsila), que van de maestro en maestro hasta Sidnâ Muhammad (). El objetivo de todas ellas es la realización de los objetivos profundos del Islam en el ser humano a través de las enseñanzas del Corán y el Hadiz, bajo la bâraka de los maestros y con una disciplina y rigurosidad personal del aspirante (murîd). Las escuelas espirituales (turûq) son muchas, y destacan como principales la Qâdiriyya, fundada por Shaij Abdelqader al-Yilani, la Shadiliyya, fundada por Abu l-Hassan ash-Shâdili, la Naqshabandiyya, establecida por Juaÿa Baha’uddín Naqshabandi, la Sohrawardiyya, etc., con múltiples ramificaciones cada una de ellas. El Islam es el mar donde desembocan todas estas escuelas.
El conocimiento de todos estos grandes awliyâ es vastísimo, hasta el punto que han dado informaciones de makâna wa ma yakûn, es decir, lo que ha pasado y pasará, conocimientos que se encuentran en el lauh al-mahfuz, la tabla resguardada donde Allah ha escrito todo lo que ha sucedido y sucederá.


‘Aqaid referentes a los awliyâ


            Allahu Ta’ala ha dado mucha fuerza a los awliyâ. Quien solicita su ayuda la obtiene aunque grandes distancias lo separen de ellos. Después de su deceso, su influencia aumenta.

         Visitar las tumbas de los awliyâ es un factor positivo para adquirir taqwâ, prosperidad y bâraka. Hacer actos meritorios para y ofrecer su recompensa para el bienestar de los awliyâ (recitar el Corán, dar a los necesitados, recitar el salat ‘ala n-nabí) es muy beneficioso para el musulmán y una buena manera de adquirir bâraka. Realizar el mausim(conmemoración del aniversario de la muerte) de un walí es también beneficioso. A este respecto, tenemos que decir que la degeneración folklórica que han sufrido determinados máusim es algo que se sale del camino del Islam: recitar el Corán, hacer du’â y dzikr, escuchar un discurso (y darlo), alimentar a los necesitados y dar la recompensa al walí en cuestión son los actos de un máusim. Ni la música, ni el encuentro multitudinario de personas para hablar de cuestiones del dunya están en el espíritu original del máusim. 

         Determinadas prácticas que vemos en nuestros días son bid’a. Realizar suÿud a cualquier otro que Allahu Ta’ala es haram. Si se hace con intención de respeto, es una falta, un danb; si se hace con intención de ‘ibâda es shirk.

         Los musulmanes que hayan abandonado la Sunna y la Yama’â no pueden ser considerados nunca como awliyâ.

         El Tasawwuf tiene por objeto aceptar y seguir a Rasûlullah () física y espiritualmente, y seguir la Shari’a. Es, pues, una profundización del Islam, no una doctrina aparte o un resabio de cultos pre-islámicos como nos quieren hacer creer algunos.
         Un sahaba puso una vez su tienda en un lugar sin darse cuenta que la ponía encima de una tumba. Más tarde se dio cuenta de ello porque podía oir recitar sûra al-Mulk. Contó lo sucedido al Profeta (), quien le dijo que la recitación de la sûra al-Mulk ayuda al fallecido en la tumba a la vez que le protege del dolor y el castigo.(Sahîh at-Tirmidi). De este suceso deducimos que los siervos queridos por Allah viven en sus tumbas, de lo contrario Sidnâ Muhammad () habría hecho caso omiso de este incidente. En vez de eso, habló de las excelencias de la sûra al-Mulk y dijo explícitamente que los siervos amados por Allah aún viven en sus tumbas.

         En tiempos de Mu’awiya (r.a.) se hizo un canal entre Meca y Medina. Ese canal pasó inadvertidamente por un terreno donde estaban enterrados los shuhadâ (mártires) de Uhud. Un obrero, mientras cavaba, incidentalmente cortó un pie de un shahid (mártir). Como resultado de ello, la sangre empezó a brotar de ese noble pie. Aprendemos de ello que no sólo las almas, sino los cuerpos de los íntimos de Allah están vivos. (Yaçb ul-Qulûb, Sharh as-Sudûr).

         El Imam Abu Na’im (r.a.) en su libro Hilyat al-Awliyâ narra que Sidnâ Sa’id (r.a.) dijo: “¡Por Allah! Hamîd Tawîl (r.a.) y yo estábamos enterrando a Sidnâ Zâbit an-Nibhani (r.a.), y cuando poníamos las últimas piedras una de ellas cayó en la tumba. Miré para abajo y vi como Sidnâ Zâbit (r.a.) se preparaba para el salât y estaba implorando a Allah de la siguiente manera: “¡Allah! Has dado a unos cuantos de entre tus criaturas el permiso de realizar el salât en la tumba, dame a mi el mismo permiso” Está más allá de la Rahma de Allah rechazar una invocación así”. Sidnâ Zâbit ibn Aslam an-Nibhâni al-Basri era un tabi’i. Completaba la recitación del Corán entero todos los días. Ayunaba muy a menudo. Esto demuestra que los awliyâ viven en sus tumbas y hacen ‘ibâda como cuando estaban en el mundo físico.

         Un hadiz qudsí dice que: “Cuando mi siervo se convierte en Mi amado, sus palabras y atributos son el reflejo de Mis Palabras y Atributos. Cualquier cosa que pida, se lo concedo. Si pide refugio en Mí, le protejo”.

         Todas estas bendiciones las encontramos en los awliyâ incluso después que hayan abandonado este mundo. Los musulmanes visitan las tumbas de los Awliyâ porque a éstos les ha sido prometida el auxilio y la Rahma de Allah. Si un musulmán visita la tumba de un walí y dice el siguiente du’â: “¡Oh íntimo de Allah! Tú eres el amado de Allah. Por favor pide a Allah por mí”, ¿cómo puede ser que haya quien considere esto como shirk, si el mismo Señor de los Universos ha prometido a los awliyâ estas mercedes?

         Si alguien considera que la visita a la tumba de un walí no le reportará ningún bien, no es que haya insultado a dicho walí, sino más bien que ha dudado de la promesa de auxilio que Allahu Ta’ala ha hecho a sus siervos queridos.

         Los awliyâ son Ayât ar-Rahma (Signos de Rahma). Arropan en su cobertura de Rahma a aquellos que los recuerdan y focalizan la Rahma en ellos. Alguien preguntó al Sultân al-Awliyâ, Sidnâ Gauz al-Adham (r.a.): “¿Si alguien respeta y honra tu nombre aunque no sea tu murîd o no haya sido educado personalmente por ti, será contado entre tus muridín?El gran Gauz (Auxilio) contestó: “Allah aceptará a todos aquellos que tengan cualquier forma de relación o conexión conmigo y escriba su nombre en mi asamblea espiritual. Si alguien adopta un camino deseado, Allah le bendecirá con la Guía y la Tauba. Estará bajo mi estandarte espiritual. Ciertamente mi Señor, el Poderoso y Altísimo ha prometido que todos mis muridín, todos aquellos que me aman y aquellos que siguen mi camin, entrarán en el Jardín”. (Bahÿat al-Asrâr).


Mu’aÿiçat de los awliyâ


         Los awliyâ realizan a veces mu’aÿiçatprodigios, hechos maravillosos más allá de las leyes naturales, aunque éstas no sean una condición de su wilaya. El mayor de sus mu’aÿiçat es su rigor en el cumplimiento de la Shari’a. Al-Gauz al-‘Adam (r.a.) dijo: “La mu’aÿiça del walí es su completa sumisión a las enseñanzas del Nabí ()”.

         Shaij al-Akbar, Muhi d-Dîn Muhammad Ibn al-‘Arabi (r.a.) explica así el fenómeno de las mu’aÿiçat:
        a.      Un tipo de mu’aÿiça es la hisiya (aparente), esto es, la evidente y claramente visible para todo el mundo. Por ejemplo, conocer el futuro, andar grandes distancias con un solo paso, sostenerse en el agua, etc.
        b.     Otro tipo de mu’aÿiça es la ma’nawiya (espiritual) que sólo puede ser vista y percibida por determinadas personas. Por ejemplo, control de los deseos carnales, adoptar virtudes por la Guía de Allah, practicar todas las obligaciones del Islam bajo cualquier circunstancia, etc. (Futuhat al-Makkiya).

La persistencia en cumplir la Shar’ia es el más grande prodigio de los awliyâ. Un walí verdadero es justo, sincero, y sigue el camino trazado por Sidnâ Muhammad ().

Sidnâ Abu Yaçid al-Bustâmi (r.a.) nos previene: “Si veis a una persona con las piernas cruzadas volando por los aires, ¡no os dejéis engañar por las apariencias! Observad más bien su apego a la realización de la ‘ibâda y a las fara’id y su separación del harâm, su realización de lo aconsejado y su prevención ante lo detestado, su realización del adab y todos los aspectos del Camino del Islam”. (Risâla al-Qusairiyya).

Dichos de los salihîn



Dichos de los Salihín sobre las excelencias
del Salat 'ala n-Nabi

Bismillah
As salamu ‘aleikum wa rahmatullah

Querido Mimón:
        Te mando esta recopilación de dichos sobre la práctica de salât ‘ala n-nabí como continuación a la carta que anteriormente te mandé. Dice 'Abdullah que la primera te gustó y que estás de acuerdo con sus contenidos. Al-hamdulillah.
        Desgraciadamente, ya ves que por cuestiones de este tipo, de no honrar y respetar debidamente al Rasûl (), en tu barrio la gente ha tenido que abandonar la mezquita de siempre e ir a la de Reina Regente, como así ha hecho tu padre. Es una lástima el estado actual de cosas en la Cañada y la fitna surgida entre las dos mezquitas.

        Creo que si verdaderamente siguiéramos al Profeta Muhammad (), y no sólo en el atuendo y la apariencia, estas cosas no pasarían. Y justamente son la gente que más dicen seguir la Sunna los que presionan a los musulmanes para decir salawât ‘ala n-nabí en voz alta en las mezquitas... ¿Crees de verdad que gente así son mantenedores de la Sunna de Sidnâ Muhammad ()? Francamente a mi no me lo parece.

Ma’a s-salama

Bismillahi r-Rahmâni r-Rahîm

        1.    Sidnâ Abu Bakr as-Siddiq (r.a.): “Recitar el salât ‘ala n-nabí apaga los hunûb como el agua apaga el fuego. Recitar el salam por el placer de Allahu Ta’ala es más meritorio que liberar a un esclavo. Amar a Sidnâ Muhammad () es superior a morir en el ÿihad o morir mártir en él ”. (Al Qul al-Badi).

        2.     Seyyida A’isha as-Siddiqa (r.a.): “La belleza de cualquier asamblea es recitar salât ‘ala n-nabí. Embelleced vuestras asambleas. El salât ‘ala n-nabí es también un camino hacia el Paraíso”(Sadât ad-Dârain)

        3.     Sidnâ Abdullah ibn Ma’sûd (r.a.): aconsejó una vez a Sidnâ Çaid ibn Wahhâb (r.a.) que “Cuando llega el viernes, no olvides recitar mil salawat ‘ala n-nabí” (Sadât ad-Dârain).

        4.   Sidnâ Hudaifa (r.a.): “Recitar salât ‘ala n-nabí derrama sobre el recitador, sus hijos y sus nietos el espíritu del Îmân” (Sadât ad-Dârain).

        5.     Sidnâ ‘Omar ibn ‘Abd al-‘Açiç (r.a.): ordenó a los musulmanes impartir el ‘ilm del Dîn (conocimiento del Islam) y recitar el salât ‘ala n-nabí los viernes. (Al-Qul al-Badi).

        6.     Sidnâ al-Imam Ya’far as-Sâdiq (r.a.): “El jueves, a la hora del ‘asr, Allahu Ta’ala ordena a los malaika celestiales que desciendan. Tienen plumas de oro y páginas de plata. Permanecen en la tierra hasta el ocaso del viernes y registran los nombres de aquellos que han recitado salât ‘ala n-nabí”. (Al-Qul al-Badi).

        7.     Sidnâ al-Imam ash-Shafi’i (r.a.): “Considero la recitación en todo momento de salât ‘ala n-nabí como un acto excelso” (Sadât ad-Dârain).

        8.    Sidnâ ibn Nu’man ibn Abu Hanifa (r.a.): “Es opinión unánime entre los grandes ‘ulamá que la recitación de salât ‘ala n-nabí es la acción mejor entre las acciones”(Sadât ad-Dârain).

        9.     Sidnâ Allama Hulaini (r.a.): “Honrar a Sidnâ Rasûlullah () es estar en el camino del îmân. El estado de reverencia es más sutil que el de afecto. Sentimos cariño por nuestros padres, hijos y amigos, pero debemos tener un grado mucho más sutil de reverencia por Sidnâ Rasûlullah ()”.  Después comenzó a citar el Corán y el Hadiz, y dijo más tarde: “Esta era el ‘amal de los sahâba porque ellos habían visto a Sidnâ Rasûlullah () con sus propios ojos. Entre los comportamientos excelentes de nuestros días está que cuando sentimos o vemos el nombre de Sidnâ Rasûlullah (), hagamos salat ‘ala n-nabí”. Y “Incluso los malaika mandan salât  y salam sobre Sidnâ Rasûlullah () para conseguir la cercanía a Allah. Nosotros, que somos lo mejor de la creación, debemos leer el salât ‘ala n-nabí en abundancia, para conseguir también la cercanía a Allahu Ta’ala”(Sadât ad-Dârain).

        10. Sidnâ al-Qutb ar-Rabbani ‘Abd al-Qâdir al-Yilani (r.a.): ¡Musulmanes! Haced del acto de frecuentar la casa de Allah (las mezquitas) y de la recitación del salât ‘ala n-nabí una obligación para vosotros” (Al-Fath ar-Rabbani).

        11. Sidnâ ‘Arif Sâwi (r.a.): “El salât ‘ala n-nabí es la wadifa que puede conducir al aspirante a la cercanía de Allah aunque no tenga un múrshid. El Shaytân puede descarriar a quien recite otras wada’if sin un múrshid. Pero un hombre no puede ser descarriado si recita el salât ‘ala n-nabí, porque entonces su múrshid es Sidnâ Rasûlullah (). En ese caso, el Shaytân nunca puede descarriar al recitador” (Sadât ad-Dârain).

        12. Sidnâ Allâma Hâfid Shams ad-Dîn as-Sajâwi (r.a.): recogió los siguientes puntos de mashaij eminentes: “La ruta excelente al camino del Îmân es recitar el salât ‘ala n-nabí; si alguien pretende mostrar gratitud por los dones que ha recibido de Allah, la mejor manera que tiene de hacerlo es recitar el salât ‘ala n-nabí. Muchas de las cosas que hemos recibido nos han llegado a través de la generosidad de Sidnâ Rasûlullan (); debemos incrementar la recitación del salât ‘ala n-nabí porque es nuestro medio para alcanzar el éxito en al-âjira”(Sadât ad-Dârain).

        13. Sidnâ Allâma al-Uqlaishi (r.a.): “¿Cuál es el ‘amal que puede hacer entrar a una persona en el Yanna y hace que obtenga grandes beneficios de ella? ¡La recitación de salât ‘ala n-nabí! El salât ‘ala n-nabí es una magnífica luz y un comercio que no tiene pérdidas. Los distinguidos awliyâ lo han convertido en ‘amal diario. ¡Oh murîd!Aférrate al salât ‘ala n-nabí. Con él, tus encuentros van a ser limpios, tus obras se van a purificar y tus deseos se verán cumplidos. Mediante el salât ‘ala n-nabí también estarás a salvo del shukrat al-mawt (la agonía de la muerte)”. (Al-Qul al-Badi).

        14. Sidnâ Allâma al-‘Irâqi (r.a.): “¡Oh murîd! Aumenta la recitación del salât ‘ala n-nabí. Éste salva de las grandes calamidades y hace que se alcancen grandes bendiciones. Con un solo salât ‘ala n-nabí, recibirás diez bendiciones de Allahu Ta’ala y diez de tus dhunûb te serán perdonados. Aumentarás en rango diez veces y los mala-ika pedirán por tu perdón” (Sadât ad-Dârain).

        15. Sidnâ ‘Arif billah al-Imam Shi’râni (r.a.): “Hemos jurado a Sidnâ Muhammad () que: incrementaremos la recitación de salât ‘ala n-nabí; enseñaremos a la Umma cuáles son las bendiciones que provienen de recitar el salât ‘ala n-nabí; inculcaremos a la Umma la demostración de amor y reverencia por él()  como se hace en el salât ‘ala n-nabí; enseñaremos a la Umma que la persona que recite mil o diez mil veces el salât ‘ala n-nabí ha hecho la mejor de las obras; el recitador del salât ‘ala n-nabí tiene que intentar estar con el wudû y leer con el corazón y el alma; el salât ‘ala n-nabí es el medio para alcanzar la cercanía a Sidnâ Rasûlullah (). A ninguna criatura se le ha dado tanta autoridad y poder como a Sidnâ Rasûlullah (); y que la creación empezará a amar al recitador del salât ‘ala n-nabí.(Sadât ad-Dârain).

        16. Sidnâ Abu l-Abbâs Ahmad at-Tiÿani (r.a.): “Recitar el salat ‘ala n-nabí es la clave para todo bien. Es la clave del ghaib (lo oculto) y del conocimiento espiritual. En consecuencia, quien huya del salât ‘ala n-nabí huye de todo bien. No alcanzará la cercanía con Allahu Ta’ala”. En una carta a un murîd suyo le aconsejó “El dzikr más ventajoso es aquél cuyo fruto es más dulce y cuyo efecto es más beneficioso. Ese dzikr es la recitación de salât ‘ala n-nabí. Éste da más fuerza al recitador y repele cualquier mal. Por este motivo el recitador de salât ‘ala n-nabí se convierte en un amigo de Allahu Ta’ala”. (Sadât ad-Dârain).

        17. Sidnâ al-Imam al-Muhaddizín Allâma al-Qastalâni (r.a.): “El dzikr mayor, más magnífico, más generoso, más sublime, más excelente y más distinguido es la recitación del salât ‘ala n-nabí”. (Sadât ad-Dârain).

        18. Shah ‘Abdurrahîm, padre de Sha Waliullah al-Muhaddiz ad-Dahlawi (r.a.): “Todo lo que he conseguido, tanto en el dunyâ como en el âjira ha sido por la bâraka del salât ‘ala n-nabí” (Al-Qul al-Yamîl).

        19.  Sidnâ ash-Sheij ‘Ali Jawwas (r.a.): “Aquél que desee algo o que tenga alguna necesidad debe leer el salât ‘ala n-nabí mil veces con la máxima concentración y después hacer du’â a Allahu Ta’ala. In sha Allah, conseguirá su objetivo”. (Huÿÿatullahi ‘ala l-‘alamín).

        21. Sidnâ ash-Sheij ‘Abd al-‘Açiç Taqi ad-Dîn (r.a.): “La mejor de las nawafil es la recitación del salât ‘ala n-nabí”. (Nuçhatun Nâdhirín).

                23. Sidnâ Juaÿa al-Hassan al-Basri (r.a.): “Quien desee beber en abundancia de la Fuente del Kauzar tiene que recitar el siguiente salât ‘ala n-nabí: Allahumma salli ‘ala Muhammadin wa âlihi wa ashabihi wa açuaÿihi wa durriátihi wa ahli báitihi wa amhârahu wa ansârihi wa ashiâ’ihi wa maÿíslihi wa ‘alainâ ma ahum aÿma’ina. Ya Arhama r-Rahîmín”.

        24. Sidnâ ‘Abd al-Açiç Dabbagh (r.a.): una vez le preguntaron que diera la razón por la cual mediante la recitación de salât ‘ala n-nabí se allana el camino al Yanna. Respondió:“Simplemente porque el mismo Yanna ha sido creado de la Luz de Sidnâ Rasûlullah ()”. (Ibriçi Sharîf).

        25. Sidnâ ‘Allama al-Fâsi, autor de Mutali’ al-Musarrât“Allahu Ta’ala ha hecho el salât ‘ala n-nabí como medio para conseguir su cercanía. Quien aumente su recitación alcanzará un elevado estado espiritual y cercanía con Allah. Se iluminarán su rostro y su corazón”.

DEFENSA DEL SUFISMO (PRIMERA PARTE)



PRESENTACIÓN

Musulmanes Andaluces presenta la traducción al castellano del libro al-Qawl al-Ma‘rûf de Ahmad al-‘Alawî, maestro sufí argelino que nació en 1869 y murió en 1934. El Šayj Sîdî Ahmad al-‘Alawî es considerado uno de los máximos representantes del pensamiento islámico del siglo XX. Para su biografía y un estudio sobre su obra puede consultarse el excelente trabajo de Martin Lings, Un maestro sufí del siglo XX, editado por Taurus, Madrid, 1982.

Al-Qawl al-Ma‘rûf es un tratado relativamente extenso en el que el Šayj al-‘Alawî defiende el sufismo (Tasawwuf) frente a algunas de las acusaciones que se vertieron contra él en un opúsculo puesto en circulación por los reformistas de su época. Ese opúsculo en el que el sufismo es duramente criticado, “El espejo”, es una muestra de la mediocridad de muchos ‘sabios’ modernos del Islam. En la respuesta del Šayj al-‘Alawî encontraremos el frescor de una autenticidad que escasea en estos tiempos difíciles para un Islam puesto a prueba desde dentro y desde fuera. El autor de “El Espejo” es el prototipo de muchos de los actuales ‘misioneros’ musulmanes que pululan por el mundo arrogándose el derecho a ‘ordenar el bien y prohibir el mal’. Con frecuencia, desgraciadamente, confunden esta orden coránica con el acto de condenar el sufismo y mandar enclaustrar a las mujeres, además de entrometerse en las vidas privadas de los demás. Con ello, repitiendo tópicos hasta el infinito, son traductores de sus propias limitaciones, más que trasmisores del mensaje coránico.

La traducción al castellano de esta obra del Šayj Sîdî Ahmad al-‘Alawî representa una contribución muy interesante, teniendo en cuenta la autoridad del Šayj, para el estudio detallado de las críticas al sufismo y los prejuicios más frecuentes que suscita incluso dentro del Islam. Por otra parte, este libro servirá igualmente a quienes desean comprender de manera objetiva y ‘desde cerca’ el verdadero carácter de ciertas polémicas que se han producido en el desarrollo histórico del Islam más reciente.

Por supuesto, el Šayj al-‘Alawî defiende aquí el sufismo tradicional, el de la espiritualidad musulmana en su forma más pura. No se refiere en absoluto a las versiones tipo New Age que se difunden a veces por occidente bajo el disfraz del sufismo o el esoterismo islámico, creando sectas secretas con maestros alucinados que no tienen nada que ver con el Islam y que al-‘Alawî no pudo ni imaginar que alguna vez pudieran existir. Hecha esta aclaración, debemos añadir que el sufismo ha tenido detractores debido a su profundidad y a algunas de sus prácticas, como las Reuniones para el Recuerdo de Allah, que algunos han considerado que no tienen antecedentes en el Islam tal como lo enseñó el Profeta (s.a.s.).

Esta obra es una respuesta directa y precisa a ciertos ataques que el sufismo ha debido sufrir por parte de uno de los representantes de la corriente ‘reformista’ a principios del siglo XX. Ese reformismo corresponde hoy, grosso modo, a lo que se llama wahhâbismo y ciertos sectores del salafismo, el cual intenta desde esa época destruir la enorme y benéfica influencia que el Tasawwuf siempre ha ejercido en el conjunto de la comunidad musulmana.

Algunos se extrañarán, tal vez, del carácter muy polemista de este texto, sin llegar a comprender cómo un personaje cuya función es de un orden mucho más elevado puede ser su autor, pero la historia nos muestra que otras, igualmente eminentes, han reaccionado contra esos ataques del mismo modo.

La renuncia al sufismo




Continuación del artículo aparecido bajo el título de: La justificación del Islam

         Hace apenas un siglo, el Islam en su totalidad vivía bajo la positiva influencia de la espiritualidad sufí. Directa o indirectamente, la inmensa mayoría de los musulmanes mantenía vínculos con maestros o métodos tradicionales que los iniciaban en la vivencia de los orígenes más profundos del Islam. El sufismo (Tasawwuf) no es más que el Islam en sus raíces. El Tasawwuf es la renovación constante del primer instante del Islam.

         Se ha extendido una idea equivocada sobre la espiritualidad sufí. No es la vocación mística de un sector de los musulmanes ni es una ‘secta secreta’ dentro del Islam. El sufismo es la columna vertebral del Islam, el garante de su fidelidad a sí mismo y el estructurador de su cultura y de su civilización. La suposición de que se trata de un hecho aislable es lo que está en el origen de una interpretación que lo desvincula de su propia realidad.

         Pero ese ‘aislamiento’ del sufismo fue la consecuencia de una hábil estrategia colonial. Cuando se repasa la bibliografía occidental que hay sobre el tema, la realizada por los militares ‘sobre el terreno’, se descubre con facilidad que la desarticulación de las solidaridades sufíes era un objetivo prioritario. El Islam era un mundo descentralizado en el que se amaba apasionadamente la independencia, y su estructura tribal y acéfala traducía ese espíritu. Y frente a cualquier agresión se ponía en funcionamiento los resortes indefinidos del Yihâd, y todos entendían un lenguaje común no articulado en palabras que movilizaba a la población, poniéndose a su cabeza los maestros sufíes, sabios aglutinadores de esas aspiraciones. Con sus discípulos y la simpatía activa de los musulmanes, los representantes de las escuelas sufíes encabezaron siempre las luchas contra la empresa colonial de Occidente.

         La eficacia de ese entramado ‘secreto’ (porque era incomprensible para los militares europeos, y ya lo es, por desgracia, para muchos musulmanes) era enorme. Se aplastaba una sublevación, pero inmediatamente surgía otra, y la anterior no tardaba en recuperarse, y así en una constante guerra que impedía un asentamiento definitivo y desgastaba la moral de los agresores. Cuando se descubrió que las fraternidades sufíes estaban invariablemente detrás de esa tenaz resistencia y eran la clave de la combatividad de los musulmanes, se elaboró la estrategia de desarticulación: elaboración de censos, clasificación, corrupción de ‘jefes’, creación de ‘líderes’ sujetos a la obediencia colonial, confiscación de bienes, clausuración de centros de reunión (las zawiyas), reordenación del territorio, potenciación de las ciudades (más controlables), y, sobre todo, una eficaz propaganda que perseguía desprestigiar el sufismo.

         Es muy interesante repasar esa bibliografía a la que hemos hecho referencia más arriba (aconsejamos, por ejemplo, la lectura de Les Confréries Religieuses Musulmanesde M. Jules Cambon, gobernador general de Argelia, publicado en París en 1897). En ella encontramos todas las descalificaciones que aún se repiten contra el sufismo. Era la visión de los militares y los misioneros, la cual ha arraigado profundamente, incluso entre los propios musulmanes. Los militares vencieron y los misioneros reeducaron a los ‘indígenas’, inoculándoles sus explicaciones. El rechazo a la intervención colonial sólo podía deberse al oscurantismo, el espíritu supersticioso y bárbaro de ‘sicarios’ envenenados por ‘santones’ sin escrúpulos. La solidaridad era fanatismo. Los ‘misteriosos’ mecanismos que ponían en pie contra Occidente a la población había que buscarlos en la actuación de ‘logias secretas’ (las zawiyas), que eran la ‘masonería’ del Islam. Su lenguaje, incomprensible, era ‘esoterismo’. Poco a poco se fue elaborando la imagen del sufí como elemento aislable, y al que había que aislar y acusar de todos los males, acabando así con todas las posibilidades de resistencia a la dominación militar y a la evangelización.

         Una vez firmemente asentado el colonialismo, la desinformación programada se mantuvo constante, y a una o dos generaciones enteras de musulmanes se les enseñó que el sufismo era oscurantismo y superstición, que los maestros sufíes eran traidores a los intereses de los musulmanes (bien porque se oponían a la modernización, bien porque se hubieran aliado al colonialismo, de lo que había muchos ejemplos entre los ‘líderes’ artificiales). El sufismo -espíritu del Islam- fue así diferenciado y separado, y los musulmanes podían renunciar a él ‘sin dejar de ser musulmanes’. Para ellos, renunciar al sufismo era renunciar al atraso y la decadencia, mientras que en realidad era renunciar, sin saberlo, a sí mismos.

         El ‘Islam’ se trasladó a las ciudades. En ellas se crearía el ‘Islam oficial’ que gozaría de todos los privilegios y tendría acceso a los nuevos y eficaces circuitos de divulgación. Ese Islam adocenado y modernizado se habilitó a sí mismo como ideología o como religión de Estado, según los casos. Occidente prefiere ese Islam oficial, válido como interlocutor o enemigo, y no ese otro Islam tradicional de perfiles indefinidos, escurridizo en esencia.

         El Islam oficial fue el resultado del amplio movimiento reformador (el Ish) al que aludíamos en el artículo anterior. Los intelectuales musulmanes urbanos, acostumbrados ya a una realidad que nada tenía que ver con la que había sido la de sus antepasados, reinterpretarían el Islam desde claves adquiridas en el contacto con Occidente y bosquejarían un nuevo Islam, más ‘civilizado’ y ‘aséptico’, muy moralista y dogmático, a semejanza del modelo que se les ofrecía: el cristianismo pujante.
         No obstante, entre los reformadores prevalecía una actitud moderada. Será el wahhabismo el que, apropiándose del aspecto salafí de la Reforma (el deseo de retorno a las fuentes del Islam, pasando por alto siglos de historia del Islam -siglos de decadencia y superstición, dirían haciéndose eco de sus maestros orientalistas-) el que ensombrecería definitivamente el panorama. El wahhabismo fue hábilmente empleado para intentar aniquilar cualquier posibilidad para el sufismo, que por supuesto seguía muy vivo entre amplios sectores de la población, aunque ya sin prestigio ni márgenes para su influencia social. Las proporciones que ha adquirido el wahhabismo en la actualidad no son casuales: su alianza con la dinastía saudí y la riqueza del petróleo ha contribuido poderosamente en el triunfo de una ideología criminal  y agresiva que no hubiera dejado de ser anecdótica y sin futuro en un desarrollo normal del Islam.

         Con el wahhabismo ya no hay una simple renuncia al sufismo, sino un rechazo frontal. Junto a los chiítas y las mujeres, los sufíes son los grandes pesadillas de esa monstruosidad a la que se da el nombre de wahhabismo. El wahhabismo fue también resultado de las estrategias coloniales. Con esa ideología ramplona, los ingleses consiguieron que el Yihâd se volviera contra los musulmanes. Lo primero que hicieron los wahhabíes fue declararse en exclusiva los únicos musulmanes puros y luchar contra los que habían dejado de serlo (el resto del mundo musulmán): los chiítas eran apostatas, los sufíes son adoradores de tumbas, las mujeres se han quitado el velo y han perdido el pudor, etc. Fueron enmarañándose en sus obsesiones hasta convertirse en auténticos enemigos de los musulmanes. Así fue como el colonialismo consiguió tener a los musulmanes entretenidos entre ellos disputando bizantinamente sobre nimiedades en la mayoría de los casos.

         Por su parte, desvinculado del Islam, algunos aspectos del sufismo comenzaron a ser interesantes para algunos europeos. El esoterismo que se le atribuye, su supuesto carácter de conveniente sólo para iniciados, podía ser del gusto de algunos sectores elitistas. Después, la proliferación en Occidente de sectas de todo tipo se acompañó de la elaboración de un sufismo ‘universalista’, ‘amoroso’, ‘poético’, muy a lo New Age, para el crecimiento personal y esas cosas. Algunos europeos y también algunos ‘indígenas’ avispados aprovechan la ocasión y se hacen gurús del neo-sufismo de El Principito.

         Muy poco de ello tiene que ver con los muÿâhidîn que lucharon contra los ejércitos coloniales. El aislamiento, los tópicos, las simplificaciones, las generalizaciones, el que los verdaderos sufíes sean absolutamente indiferentes a esas movidas, todo ello hay ido configurando lo que la gente entiende hoy por sufismo, ya sea en los niveles ‘académicos’ o en el seno de las sectas amorosas.

         No obstante, el sufismo ni mucho menos ha desparecido. Al contrario, en medio de contradicciones, da muestras de recuperación. Hay todavía una gran cantidad de maestros vivos, de la talla de los genios de la época clásica del Islam. Ese Islam es el menos accesible para los europeos, pero sigue vertebrando a una gran parte de la Nación musulmana. En cualquier caso, el Islam está más allá incluso del sufismo, porque en sí es un ‘secreto’, algo para lo que no hay palabras, ni tan siquiera la de los sufíes, que son meras aproximaciones. Ese Islam que está en las raíces, es inextinguible porque es la esencia de la vida misma, y vibra incluso en los musulmanes más alejados de sus ‘fuentes’. Es ahí donde está la clave indecible del futuro del Islam, wa llâhu walíyu t-tawfîq, wal-hámdu lillâhi rábbi l-‘âlamîn

lunes, 4 de agosto de 2014

Ibn Taymiyya y el sufismo





Los admiradores de  este jurista  y maestro de hadices de la escuela Hanbali lo citan como enemigo del Sufismo, y lo han erigido como la principal autoridad en la campaña de los "Salafis" responsables de crear el presente clima de fanatismo injustificado contra el Sufismo, así como animar a la ignorancia con respecto al mismo. No obstante, Ibn Taymiyya fue el mismo un Sufi. Sin embargo, los "Salafi" tiene bastante cuidado en no mostrar nunca al Sufi Ibn Taymiyya, lo cual hubiera dificultado enormemente su construcción de hombre puramente anti-Sufi.

         El discurso de Ibn Taymiyya está salpicado de contradicciones y ambigüedades. Se podría decir que aunque a pesar de sus juicios sobre los Sufis, fue incapaz, sin embargo de desmentir la grandeza del Sufismo que desde siempre la Comunidad de musulmanes le ha reconocido. Así podemos ver que unas veces minusvalora el Sufismo, critica a los Sufis contemporáneos, y que al mismo tiempo presume de ser un Sufi Qadiri, a través de una línea directa sucesoria desde el Shayj 'Abd al-Qadir al-Yilani, tal como demostraremos en las líneas que siguen.

         Debiera quedar claro que la razón por la que aportamos las siguientes evidencias no es que sea que consideremos a Ibn Taimiyya de ninguna manera un representante del Sufismo, bajo nuestro punto de vista no representa el Sufismo más de lo que lo representa a  la 'aqida de los Ahl as-Sunna. Sin embargo analizaremos sus puntos de vista para demostrar que su mal entendimiento por parte de Orientalistas y "Salafis", como puramente enemigo del Sufismo, no resiste el menor examen. A pesar de los deseos de uno u otro grupo, los hechos prueban claramente que Ibn Taimiyya no tuvo otra elección que aceptar el Sufismo y sus principios, y que no solamente sostuvo su pertenencia al mismo, si no que además manifestó haber sido investido con el manto (jirka) de la hermandad Qadiri.

         Ya hemos mencionado la admiración de Ibn Taimiyya por 'Abd al-Qadir Yilani, al cual concede el título de "mi Shayj" (shayjuna) y de "mi Maestro" (sayyidi) en su Fatawa. Las inclinaciones sufis de Ibn Taimiyya, así como su veneración por 'Abd al-Qadir Yilani, pueden verse en su comentario de cien páginas a la obra de aquel, "Futûh al-Gayb", que aunque sólo representan cinco capítulos de los setenta y ocho que componen el libro, demuestra su consideración por el Sufismo como algo esencial dentro de la vida de la comunidad Islámica.[1]

            En su comentario Ibn Taimiyya recalca que la primacía de la Sahri'a  constituye la tradición más auténtica dentro del Sufismo, y para sostener este de punto de vista cita más de una docena de maestros que le han precedido, así como otros contemporáneos suyo, como sus compañeros Hanbalis, al-Ansari al-Harawi y 'Abd al-Qadir, y el propio Shayj de este último Hammad ad-Dabbas. La rectitud entre los seguidores de la Senda, tal como los primeros Shayj (shuyuj as-salaf), como Fudayl ibn 'Iyad, Ibrahim ibn Adham, Ma'ruf al-Karji, as-Sari as-Saqati, al-Yunaid ibn Muhammad, y otros de los primeros sabios del Islam, así como Shayj 'Abd al-Qadir, Shayj Hammad, Shayj Abu al-Bayan y otros posteriores, como decimos, la rectitud de los mismos no permite a sus discípulos en la Senda del sufismo, apartarse de las obligaciones y prohibiciones estipuladas en la Shari'a, a pesar de que alguno de ellos hubieran podido volar por el aire o caminar sobre las aguas.[2]

            En otra obra, en su "ar-Risala as-safadiyya", Ibn Taimiyya defiende a los Sufis como aquellos que pertenecen al camino de la Sunna a la cual representan en sus escritos y enseñanzas. Los grandes Shayj mencionados por Abu 'Abd ar-Rahman as-Sulami en "Tabaqat as-sufiyya",  y Abu al-Qasim al-Qushayri en "ar-Risala", eran partidarios de la escuela de los Ahl as-Sunna wa al-Yama', y de la escuela de los Ahl al-Hadiz, tales como al-Fudayl ibn 'Iyad, al-Yunaid ibn Muhammad, Shal ibn 'Abd Allah at-Tustari, 'Amr ibn Quzman al-Makki, Abu 'Abd Allah Muhammad ibn Jazif ash-Shirazi, etc.; las enseñanzas de todos ellos se encuentran en la Sunna, e igualmente compusieron textos acerca de la Sunna.[3]

         En su tratado acerca de la diferencia entre las formas de 'ibada acorde con la Shari'a y las formas que constituyen una innovación, titulado "Risalat al-'ibadat ash-shari'iyya wal farq baynah wa bayn al-bid'iyya" (Tratados acerca de las 'ibadas conforme a la Shari'a y su diferencia con las innovaciones) Ibn Taimiyya de forma incontestable sostiene que lo conforme a la Shari'a es el método y camino de "aquellos que siguen la vía del Sufismo", o "la vía del ascetismo (çuhd)", o de aquellos que siguen "lo que se conoce bajo el nombre de pobreza y sufismo", es decir, los fuqara y los sufíes: "lo estipulado por la Shari'a es aquello por lo que nos aproximamos hacia Allah. Es la senda de Allah. Es rectitud, obediencia, buenas acciones, generosidad, y hermosura. Es la senda de aquellos que siguen el camino del Sufismo (as-salikin), el método de aquellos que dirigen sus 'ibadas y sus intenciones hacia Él; es el camino que recorre todo aquel que desea a Allah y pone en práctica la extinción de su ego (nafs), y que recibe el nombre de pobreza y sufismo, o términos similares."[4]

         En cuanto a la enseñanza de 'Abd al-Qadir de que el salik (aquel que emprende el camino espiritual) o el sufi debieran abstenerse de los deseos permitidos, Ibn Taymiyya comienza diciendo que la intención de 'Abd al-Qadir es que uno debería renunciar a aquellas cosas permitidas que no han sido ordenadas (su prohibición), porque podría haber en las mismas algo perjudicial. Pero, ¿como se establece el alcance de esto?, si el Islam es esencialmente conocimiento y actuar conforme a la Voluntad de Allah, entonces debe haber una vía para el buscador en la senda de poder determinar cual es la Voluntad de Allah en cada caso en particular. Ibn Taymiyya está de acuerdo en que el Corán y la Sunna no pueden abarcar todo acontecimiento específico y particular que pueda acontecer en la vida de todo musulmán. No obstante si el objetivo es la rendición de la voluntad ante Allah, debe haber una vía para el buscador de poder averiguar la orden de Allah en los casos particulares.

         La respuesta de Ibn Taymiyya es aplicar el concepto de "Iÿtihad" al camino espiritual, y específicamente la noción de "ilham" o inspiración. En su esfuerzo por alcanzar una conjunción de voluntades, el Sufi alcanza un estado en el que no desea mas que descubrir el bien supremo, y la acción que sea más deseada y amada por Allah. Cuando lo legislado no puede dirigirle en tales asuntos, entonces confía en las nociones sufis de "ilham", o inspiración personal y de "dzawq", percepción intuitiva: "si el sufi se ha esforzado sinceramente en la aplicación de las normas de la Shari'a, y no ve una solución clara de cual deba ser su actuación en una materia determinada, entonces puede ser inspirado, en la medida de la pureza de su intención y del temor hacia Allah, y elegir la acción más correcta. Esta clase de inspiración (ilham) es una indicación concerniente a la Verdad. Puede ser una indicación o señal aún más fuerte que analogías débiles, hadices débiles, argumentos literalistas débiles (dawahir), y débiles "istishaab", empleados por muchos de aquellos que debaten acerca de los principios, diferencias, y sistematizaciones dentro del fiqh."[5]

         Ibn Taymiyya basa su opinión en el principio de que Allah ha dispuesto en el ser humano una capacidad natural para la Verdad, y cuando esta capacidad natural ha sido alimentada en el campo del Iman e iluminada por la luz de la enseñanza coránica, y aún así el buscador a pesar de sus esfuerzos es incapaz de determinar una solución clara en un asunto determinado que sea acorde con la Voluntad de Allah, entonces su corazón puede mostrarle la acción correcta. Tal inspiración, sostiene Ibn Taymiyya, es una de las más fuertes autoridades posibles en la situación en cuestión. Es evidente que tal vez el buscador pueda errar, falsamente guiado por su inspiración o percepción intuitiva de la situación, de la misma manera que el muÿtahid también comete errores. Pero, dice él, incluso cuando el muÿtahid o el  buscador inspirado yerren, aún en este supuesto, permanecen dentro de lo que es acorde con el Islam.

         Apelar a la inspiración (ilham) o a la intuición (dzawq) no significa seguir los caprichos o las preferencias personales.[6] En su carta a Nasr al-Manbiji, califica a esta intuición como "percepción asentada en el Iman" (adz-dzawq al-imani). Su punto de vista, tal como sostiene en su comentario al Futuh, es que la experiencia de la inspiración es por naturaleza ambigua y necesita estar cualificada y cimentada por los criterios del Corán y la Sunna;  no puede proveer de una certeza absoluta bajo su punto de vista, si no dotar al musulmán de una base sólida que le ayude en la elección más correcta en un caso dado, y ayudarle a conformar su voluntad en los aspectos cotidianos de la vida, a la Voluntad del Creador y Legislador.[7]

         En otras obras suyas también abundan los elogios hacia las enseñanzas Sufis, por ejemplo en su obra "Al-Ihtiyay bi al-qadar", donde defiende el énfasis de los sufíes en el amor de Allah, y su acercamiento al Din del Islam basado más en la voluntad que en el intelecto como legítimo y acorde con las enseñanzas del Corán, los auténticos hadices, y con la comunidad Salaf (las tres primeras generaciones de musulmanes): "pues el énfasis de los sufíes por el amor de Allah, es más evidente en ellos que cualquier otro asunto. La base de su camino es la voluntad y el amor. La afirmación del amor de Allah es bien conocida en los discursos de los maestros sufíes, tanto en los de los antiguos como en los de los más recientes, tal como se afirma en el Corán, la Sunna y en la generación del Salaf."[8]

            Ibn Taymiyya también es conocido por su condena hacia Ibn 'Arabi. Sin embargo, lo que el condenó no fue a Ibn 'Arabi si no un pequeño tratado suyo titulado "Fusus al-hikam" (Engarces de la sabiduría), que es un pequeño volumen dentro de su vasta obra. En cuanto a la obra magna de Ibn 'Arabi, titulada "Al-Futuhat al-makkiyya" (Revelaciones de la Meca), Ibn Taymiyya fue un gran admirador de este imponente trabajo, tal como pudo serlo cualquier musulmán de la época, tal como lo declara en su carta a Abu al-Fath Nasr al-Munayji (d. 709) publicada en su volumen titulado "Tawhid ar-rububiyya", de su Fatawa: "Yo fui uno de aquellos que previamente solía mantener la mejor opinión de Ibn 'Arabi, y animaba a ensalzarlo y elogiarlo por todas las cosas provechosas y benéficas que había encontrado en sus libros, como por ejemplo, al-Futuhat, al-Kanh, al-Muhkam al-marbut, ad-Durra al-fajira, Matali' an-nuyum, y otras obras más".[9]

Cuidado con el sufismo




 El sufismo es peligroso, profundo, quebrador, vertiginoso. Ésta era una advertencia amistosa que siempre se hacía al que mostraba deseos de iniciarse en un arte para el que había que estar muy preparado. En muchos casos, en la actualidad el sufismo no es peligroso ni arriesgado: es una tontería. También siempre se ha dicho que encontrar a un maestro sufí era muy difícil. Un maestro era el azufre rojo y el elixir, la piedra filosofal con la que el aspirante convertía su corazón en oro. Topar con uno era una bendición poco frecuente. En la actualidad, parece que los maestros abundan más que los discípulos. Todo esto es síntoma de una degeneración en la que tiene mucho que ver el ‘contacto’ entre el Islam y Occidente.

      En el mundo musulmán había un tesoro extraordinario, el sufismo (y afortunadamente todavía lo hay, y sigue existiendo con una vitalidad bulliciosa). Pero, ahora, ese tesoro también está expuesto en las estanterías de los supermercados. Para que algo tan delicado pudiera ser trasformado en mercancía barata había que distorsionarlo totalmente. La vinculación del sufismo al Islam -que es lo que le da envergadura- ha sido suavizada hasta extremos en que incluso se les ve como antagónicos. El rigor del sufismo ha sido tan diluido que con frecuencia parece que es suficiente leer un poema de Rumi para ser un consumado experto en las honduras de una espiritualidad milenaria.

      La gazmoñería y la frivolidad con la que muchos occidentales se asoman desvergonzadamente al sufismo están perjudicándolo de modo grave. Cualquiera por aquí es sufí y además maestro si ha leído a Asín Palacios, a Corbin o a Idris Shah, o, peor aún, si tiene ‘intuiciones’ o está ‘iluminado’ y disfruta de una gracia especial. En el mundo musulmán, en el que el sentido de la trascendencia está tan arraigado y donde las ciencias del corazón son un patrimonio sólido y poderoso, la afectación de los que se pretenden sufíes en estos tiempos no hace sino fomentar un rechazo en el que las cosas pueden acabar confundiéndose.

      El sufismo (el tasáwwuf) es lo contrario de lo que muchos piensan. En primer lugar, el sufismo es el Islam, es la profundización en él. El sufismo no es anterior al Islam, ni es una ‘herejía’ del Islam, ni es la aportación de los ‘persas’ a la civilización rudimentaria de los árabes, ni nada parecido... Los prejuicios contra el Islam han alimentado esos despropósitos que carecen de toda base y rigor. Presentar el sufismo como algo desligable del Islam, o algo por encima del Islam, es engañar, es buscar una clientela fácil entre quienes se apuntan a cursillos de espiritualidad y no quieren -por nada del mundo- nada complicado ni comprometido. Hay que huir como de la peste de quienes ‘venden’ un sufismo ajeno al Islam porque son buscavidas descarados que ofrecen ‘gangas’ a gusto del consumidor.

      En segundo lugar, el sufismo no es ‘esoterismo’, ni ‘ocultismo’, ni ningún morbo de esa clase. No es una ‘secta secreta’, ni es la ‘masonería’ del Islam, ni es el patrimonio de una ‘élite espiritual’. El sufismo es mucho más serio, infinitamente más serio y de raíces más en la tierra. Para quienes se acercan imbuidos con esas ideas estrafalarias a auténticos sufíes se sienten descorazonados por la naturalidad con la que los sufíes son ‘gentes normales’ en un entorno en el que se les tiene -por lo general- en gran consideración, porque se les entiende, y en el que ellos están perfectamente integrados. Por supuesto, el sufismo tiene una sabiduría para la que se requiere una capacidad y una delicadeza especiales, como todo lo que es profundo, valioso y fruto de aspiraciones poderosas, pero nada tiene que ver eso con los remedos de disidencias místicas que se dan en Occidente.

      Además, en Occidente, la gente tiende a ‘realizarse espiritualmente’ escuchando sermones, discursos y conferencias. Esto es nocivo porque da cancha a los que tienen labia. El sufismo no es ‘sentarse a escuchar a un maestro y quedarse embobado’. El embobamiento no cambia nada en el corazón del que escucha. El sufismo es Yihâd, es lucha interior y exterior, es esfuerzo continuado sobre una senda exigente. El sufismo es emprender una peregrinación en la que nadie ni nada te sustituyen. Lo dijo Ibn ‘Arabi: “Salí del país de al-Andalus en dirección hacia Jerusalem. Hice del Islam mi cabalgadura, del combate mi reposo y de la confianza en Allah mi provisión...”. Las palabras de los maestros, si no son estímulos sino divagaciones, no sirven de nada más que para su prestigio personal. Por eso es más importante y adecuada la exposición del Método (la Tarîqa) que la de la Esencia (Haqîqa), sin embargo la gente en Occidente prefiere y le resulta más goloso que se le hable de la Esencia y se especule sobre lo que es incomprensible si no se ha realizado antes el Camino que prepara el corazón para el Entendimiento (Fahm).

      El sufismo no es una terapia, ni es un conjunto de ejercicios de respiración o relajación o meditación, ni es danzas exóticas y cánticos agradables, ni es sesión de cuentos, ni recitación de poemas, ni comunicación secreta de saberes herméticos, ni es la iniciación a un grupo elitista. El sufismo es vivir el Islam con nobleza e intensidad hasta la sabiduría y hasta la paz absoluta. Es la emoción del musulmán en el Islam. Es su Tradición en la que cada gesto encuentra una significación abismal. El sufismo es reconciliación con la vida y con el Creador de la vida, y es subordinación total al Señor de la vida, fluyendo en paz con su Voluntad hacedora de cada instante, es entregarse a Allah sin amaneramientos ni bobaliconustify"> Quien sigue la senda de la que hemos hablado puede que alguna vez en su vida se encuentre con un maestro, con un sháij, alguien que se apodere de él y lo arrastre hasta Allah y lo sumerja y ahogue en ese Océano de Luz. Enhorabuena a quien sea bendecido de ese modo. Allah guía a los sinceros y a los perseverantes.
      Hemos dicho a la cabeza de este artículo que el sufismo es peligroso y arriesgado. Nos referíamos a su carácter profundo, al enigma que está en su centro, al torbellino que desata en quien se lo toma en serio y quiere alcanzar sus últimas consecuencias. Se trata de un peligro hermoso, un riesgo que se asume en la contemplación de la Belleza,... es el vértigo ante lo Absoluto. Pero también es peligroso en un sentido negativo y que podemos reconocer fácilmente. Al descontextualizar el sufismo -como suele hacerse en Occidente- se tiende a la creación de grupos ‘exóticos’ o marginales, y también sectas. Es muy fácil convertir a un maestro sufí en un gurú. Es muy fácil convertir una vía sufí en un negocio particular enajenador de mentes. Es tan fácil que casi es inevitable.

Por ello es recomendable -hasta cierto grado- huir del sufismo en Occidente: no hay controles. Hay que tener cuidado. Es preferible limitarse a ser musulmanes sinceros y avanzar en la nobleza y en la excelencia (el Ihsân), y eso ya es sufismo, pues se ha dicho que el mayor y mejor prodigio es la rectitud, que el mayor y mejor rango espiritual es el Islam. Quien se fuerza y se violenta a sí mismo, encuentra a un timador; quien se relaja, es guiado por Allah. Lo que es aconsejable en el mundo musulmán -buscar a un maestro-, en Occidente puede llevarnos por mal camino. No se trata de un consejo absoluto porque no hay que ser desconfiado, pero sí es necesario estar despierto. En cualquier caso, siempre se debe tener la Sharî‘a como criterio sólido al que acudir.

En una sociedad musulmana todo está en su sitio, todo el mundo sabe de qué va la cosa y ningún estafador perdura. Es por ello por lo que proliferan los ‘maestros sufíes’ en Occidente y en proporción tal vez sean más numerosos que en el mundo musulmán, y eso es muy sintomático. Un maestro sufí, un sháij, es algo tremendo: es alguien al que se le hacen muchas exigencias, pero en Occidente no hay ninguna. Cualquiera que recite un poema de Rumi o diga cosas extravagantes se presenta a sí mismo como ‘reencarnación’ de Ibn ‘Arabi (discúlpesenos la ironía). Esa falta de vergüenza, en el mundo musulmán, sería patética...


e se debe tener la Sharî‘a como criterio sólido al que acudir.


En una sociedad musulmana todo está en su sitio, todo el mundo sabe de qué va la cosa y ningún estafador perdura. Es por ello por lo que proliferan los ‘maestros sufíes’ en Occidente y en proporción tal vez sean más numerosos que en el mundo musulmán, y eso es muy sintomático. Un maestro sufí, un sháij, es algo tremendo: es alguien al que se le hacen muchas exigencias, pero en Occidente no hay ninguna. Cualquiera que recite un poema de Rumi o diga cosas extravagantes se presenta a sí mismo como ‘reencarnación’ de Ibn ‘Arabi (discúlpesenos la ironía). Esa falta de vergüenza, en el mundo musulmán, sería patética...