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miércoles, 26 de diciembre de 2012

El Imperio otomano y las minorías




  El Imperio otomano (mejor sería hablar de Califato otomano) fue la última gran potencia musulmana (desde el año 1365 al 1924). Su larga existencia acabó en una grave crisis en medio del auge del colonialismo occidental, que desmembró la unidad islámica representada y mantenida por los otomanos, se repartió sus territorios y dio origen a la actual Turquía.

         El Imperio era un extraordinario crisol de culturas, y en él convivían gentes de todas las razas y credos. Blasco Ibáñez visitó Estambul en 1907, poco antes de los drásticos cambios que darían al traste con el Imperio otomano, y dijo: “Por interesante que sea el futuro, no llegará a serlo tanto como el presente. La Europa occidental, con sus ciudades cómodas y uniformes, no podrá borrar de mi memoria el recuerdo de esta aglomeración de razas, lenguas, colores, libertades inauditas y despotismos irresistibles, que ofrece la metrópoli del Bósforo“.

         Sin embargo, una de las excusas enarboladas por las potencias europeas para disimular los intereses y ambiciones que las empujaban a rivalizar por ocupar los territorios del Islam fue el supuesto mal trato que las minorías recibían entre los musulmanes. Fue la misma justificación que estuvo en el origen de las Cruzadas, y durante siglos fue alimentada a base de mentiras.

         La capital del Imperio, Estambul, era un espejo de su conjunto, un Estado islámico que abarcaba, todavía en el siglo XIX, extensos territorios en el norte de África, en las costas de Arabia, las del Caspio y el Mar Negro, los Balcanes, y prácticamente todo el Próximo Oriente desde el Mediterráneo hasta la frontera con Irán, a más de su territorio central: la península de Anatolia.

         Sin embargo, este Imperio o Estado se estaba desintegrando y desarticulando desde el siglo XVII, perdiendo poco a poco la coherencia entre sus partes, la fuerza del conjunto, la organización que lo caracterizó en los siglos anteriores y le permitió ser el último de los imperios mediterráneo-asiáticos. Mientras el Imperio otomano establecía alianzas cambiantes con los principales Estados del continente europeo, y éstos se vigilaban unos a otros para evitar el dominio de cualquiera de ellos -el Imperio austrohúngaro, Alemania, Francia, el Imperio ruso-, se iba forjando la fuerza económica, militar y política de Inglaterra y de los Estados Unidos, y el ritmo de los intercambios oceánicos dejaba al Imperio afro-euro-asiáticos de los otomanos en una especie de cerco, hasta su caída final, entre 1908 y 1924. Y el reparto de su herencia.


         La decadencia del Mediterráneo desde el siglo XVII

         El Imperio otomano (h. 1365-1924) fue una gran potencia en el Mediterráneo hasta comienzos del siglo XVII. Entonces empieza su lento y progresivo debilitamiento, debido sobre todo al auge que toma el comercio atlántico y al proyecto de economía mundial que diseñan y siguen los países nórdicos dueños de las rutas atlánticas. A ellos se suman luego, cada vez con más fuerza, los Estados Unidos de América del Norte. El Mediterráneo se convierte, tras los Grandes Descubrimientos geográficos, en un espacio secundario, y permanecerá como tal a partir de entonces. Pero sólo esto no explica la gran decadencia de los países del área mediterránea, que afectó incluso a España y a su Imperio. En realidad, el mundo mediterráneo, a partir de los años 1570, fue hostigado, atropellado y saqueado por navíos y mercaderes nórdicos, los cuales no construyeron su primera fortuna gracias a las Compañías de Indias o a sus aventuras por los siete mares del mundo. Se volcaron primero sobre las riquezas existentes en el Mediterráneo y se apoderaron de ellas empelando todos los medios, mejores y peores. Inundaron, por ejemplo, el Mediterráneo de productos baratos, a menudo mercancías de mala calidad pero que imitaban a conciencia los excelentes tejidos del Sur, adornándolos incluso con sellos venecianos universalmente famosos a fin de vender este ‘label’ en los mercados ordinarios de Venecia. A causa de esto la industria mediterránea perdía simultáneamente su clientela y su reputación.

         Por eso, la histografía que analiza la batalla de Lepanto (1571), en que la flota otomana sufrió una importante derrota, como un motivo de satisfacción para Europa, actualmente reconsidera todas las implicaciones que el debilitamiento de las principales fuerzas mediterráneas tenía para el conjunto de ellas, a la luz de lo antes señalado.

         La gran expansión otomana, por el Danubio, el Mar Negro y el Cáucaso, y por los países árabes, se produce a lo largo del siglo XVI, ampliándose en el XVII por territorios iraníes. El Imperio otomano ofrecía, pues, un amplísimo mercado que atrajo a los comerciantes europeos.

         Las concepciones y prácticas del comercio eran muy distintas, ya en el siglo XVII, entre el Imperio otomano y los países mercantilistas. En el primero se recibían los productos extranjeros con satisfacción y se procuraba no exportar lo propio, sino mantenerlo para consumo dentro del Estado. Se trataba de conservar lo que se tenía dentro, de mantener estable el sistema de artesanía, agricultura, con sus gremios y grupos, y se favorecía a los comerciantes y mercaderes extranjeros mediante licencias y facilidades, que podrán ser retiradas cuando sus productos no interesaban. En general, la actitud otomana respecto a los comerciantes extranjeros era sumamente abierta y liberal, como en ningún otro Estado del mundo.


Las capitulaciones y la protección de las minorías

         Lo que había sido política comercial controlada por el estado otomano se convierte en una situación de creciente dependencia económico-político-social desde 1774. La paz de Künük Kainardyi imponía inusitadas condiciones al Imperio tras la derrota de éste ante los rusos: los zares adquirían el derecho a proteger a la Iglesia ortodoxa en el territorio del Imperio otomano. Tras la siguiente guerra, en 1806, la protección a la Iglesia ortodoxa se convirtió en protección a los cristianos ortodoxos.

         El término protección debe ser entendido en el contexto político en que se produce. No se trata de un término vago, de implicaciones espirituales, culturales, ni una actitud de reacción ante posibles injusticias o peligros. Se trata de eliminar uno de los fundamentos del Estado otomano, de su constitución como Estado islámico. El estado islámico que es el otomano, los no musulmanes son súbditos del Estado, y están bajo la protección de éste, precisamente teniendo en cuenta su carácter minoritario. El Estado confesional islámico es, en este sentido, un Estado para musulmanes y no musulmanes. Y el Imperio otomano era así un Estado que gobernaba a creyentes y no creyentes, y que a todos ellos les otorgaba la nacionalidad otomana.

         La sustracción de los cristianos ortodoxos a la protección otomana era una forma de atacar al Estado en sus mismos fundamentos políticos. Si, además, tenemos en cuenta que gran parte de los cristianos se dedicaban tradicionalmente al comercio con Europa, podemos ver que el sistema de licencias comerciales desaparecía, sustituido por las llamadas capitulaciones, es decir, el reconocimiento a las potencias europeas de derechos indefinidos temporalmente, en el plano político-comercial-confesional.

         Comienza aquí una etapa de desarticulación del Imperio, de penetración confesional-político-comercial europea, de ambiciones ilimitadas, como el propio mercantilismo. Ese fue el régimen moderno que rigió las relaciones internacionales con el Imperio otomano.

         Las pretensiones proteccionistas, en el sentido señalado, venían de Estados en los cuales la pluralidad religiosa era prácticamente desconocida, o había sido desarraigada por métodos generalmente violentos. La ideología que sustentaba sus reclamaciones de protección a los cristianos del Imperio otomano -los otomanos cristianos- era un proyección de sus propias actitudes negativas ante las gentes de distinta confesión religiosa. En esta época se fomenta, por parte de los Estados europeos, la idea de que el Estado otomano, y en general los estados islámicos, dejan fuera de la ciudadanía a los no musulmanes, como si se tratara de una especie de elemento apátrida inserto en el conjunto, o como si fueran extranjeros.

         Así, el zar Nicolás I de Rusia intentó extender los derechos de protección a todos los cristianos, ortodoxos o no, del Imperio, de las zonas danubianas o de cualquier otra.

         Muy pronto desarrollaron una política semejante otras potencias. Francia, por ejemplo, se presentaba desde el siglo XVIII como protectora de los católicos, y Gran Bretaña y los Estados Unidos lo hacían como protectoras de los protestantes. Los drusos -según Gran Bretaña en especial situación de inferioridad entre la mayoría de musulmanes- debían ser protegidos por los británicos. Los judíos, que en el Imperio ruso eran perseguidos, fueron protegidos en el Imperio otomano por los zares. Los judíos otomanos -los otomanos judíos- gozaban de mayor consideración en el estado islámico que en cualquier Estado europeo, sin haber sido objeto de persecuciones o expulsiones, pero poco a poco fueron objeto de interés de la protección combinada de gran Bretaña, Rusia, Francia y los Estados Unidos.

         Muchos de los judíos otomanos ocupaban, como los cristianos, importantes puestos en la Administración, y tenían las riendas de los contactos directos con los importadores europeos.

         La protección se combinaba con las capitulaciones, que en turco y en árabe se llamaron imtiyâzât, es decir, privilegios o prerrogativas. Consistían en que los comerciantes, traductores, ayudantes diversos, de nacionalidad otomana (cristianos, judíos y, a veces, musulmanes) que trabajaban con o para los europeos podían ser juzgados según las leyes de éstos, y no según las leyes otomanas. A tal efecto se constituyeron tribunales especiales, en el Imperio otomano, tanto en cuestiones económicas como en las criminales y otras. Y estos tribunales, que juzgaban sobre propiedades, actos, sucesos que pertenecían al ámbito estatal otomano, podían llegar a ser constituidos únicamente por abogados y jueces extranjeros. En otras ocasiones, si el juicio afectaba a ciudadanos protegidos por europeos, y a ciudadanos que no entraban en dicho ámbito, se formaban tribunales mixtos.

         La desarticulación político-social introducida mediante estas capitulaciones es una de las causas de la caída del Imperio otomano. Desde su introducción fue en aumento el número de súbditos otomanos que se cogía a la protección extranjera, eludiendo así obligaciones impositivas y responsabilidades ante el Estado otomano, y participando de los beneficios económicos generados por el mercantilismo europeo en Oriente. Siendo la mayor parte de estos intermediarios comerciales, burocráticos y políticos, no musulmanes, entonces sí empezó una relación de hostilidad por parte de los musulmanes otomanos de las capas más débiles hacia esos compatriotas que gozaban de privilegios dentro del Imperio. Los fuertes choques habidos entre musulmanes, drusos y cristianos desde el siglo XIX aparecen como un fenómeno sin precedentes en la historia otomana, y son más bien el resultado del régimen de capitulaciones.

         La historiografía contemporánea y posterior, desarrollada predominantemente bajo la ideología europea colonial, ha tendido a convertir en causa lo que, en términos histórico-cronológicos, era un efecto. Así, el conjunto de los enfrentamientos entre cristianos, musulmanes y drusos, dentro del Líbano y Siria, entre 1840 y 1860, fue presentado en Europa como una guerra de religión, de ancestrales motivaciones, que justificaría la intervención armada de Francia y otras potencias europeas, para proteger a los cristianos, o a los drusos, o para ponerles de acuerdo. En cambio, una histografía más atenta al desarrollo real de los hechos muestra los conflictos antes señalados como resultantes, principalmente, de la intervención extranjera en la sociedad mediante el sistema de capitulaciones, que se extiende desde el último cuarto del siglo XVIII.

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